Manifestantes en las calles y algunos políticos recuerdan las muertes de personas negras a manos de neonazis o bajo custodia policial en este país y llaman a combatir actitudes de odio

 Por María-Paz López, Berlín ALEMANIA.

Como en otros lugares de Europa, también en Alemania se han sucedido las manifestaciones antirracistas tras la muerte del ciudadano estadounidense George Floyd en torno al lema “Black lives matter”. Decenas de miles de alemanes se echaron a la calle el pasado fin de semana a protestar por la violencia racista, muchos de ellos llamando también a escrutar la situación en Alemania.

El ministro de Exteriores, el socialdemócrata Heiko Maas, condensó en un solo tuit varios asuntos pendientes en la materia. “En Alemania viven 30.000 extremistas de derechas. Hay ataques racistas, las personas negras son discriminadas, a los judíos les arrancan la kipá de la cabeza. Primero tenemos que barrer el umbral de nuestra propia puerta. El racismo no mata solo en Estados Unidos”, escribió Maas. Adentrarse en el racismo en Alemania con perspectiva histórica llevaría a analizar el nazismo y la época colonial en África de inicios del siglo XX, pero el ministro apuntaba ahí con autocrítica contemporánea de país a los males del presente.

Estos días, además, se ha cumplido un aniversario revelador. En la noche del 11 de junio del 2000, hace veinte años, el trabajador mozambiqueño Alberto Adriano regresaba a su casa en Dessau (Sajonia-Anhalt) cuando fue salvajemente golpeado por tres neonazis. Tenía 39 años y murió tres días después.

Su asesinato levantó una ola de indignación y protestas en Dessau y en toda Alemania, que sin embargo no condujo a un vuelco. “El asesinato racista de Adriano fue un hito en el rastro racista de violencia de extrema derecha, tanto en el este como en el oeste de este país”, dijo la semana pasada en el Bundestag (Cámara Baja del Parlamento) el diputado socialdemócrata Karamba Diaby, nacido en Senegal.

“Durante mucho tiempo la gente siguió mirando hacia otro lado, ignoró o quitó importancia a lo que ocurría a la vista de todos; el odio y el acoso, la violencia y el terror, pudieron extenderse en nuestra sociedad”, dijo Diaby, quien en el 2013 se convirtió en el primer parlamentario del Bundestag nacido en África.

Según la transcripción de la Cámara, Karamba Diaby aludía al grupúsculo terrorista Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU) y a los recientes ataques en Halle y Hanau. El NSU mató entre el 2000 y el 2007 en distintas ciudades a diez personas –la mayoría de origen turco–, sin que la policía, cegada por sus propios prejuicios y convencida de que eran ajustes de cuentas entre extranjeros, detectara el móvil racista hasta años después.

“Primero tenemos que barrer nuestra puerta; el racismo no mata solo en Estados Unidos”, dice el ministro Maas»

En Halle (Sajonia-Anhalt), el 9 de octubre del 2019, un ultraderechista antisemita intentó atacar la sinagoga, y como no consiguió entrar, asesinó a dos personas en la calle. En Hanau (Hesse), el pasado febrero, un hombre con ideario xenófobo tiroteó dos bares frecuentados por personas de origen extranjero –varios eran turcos– y mató allí a nueve personas. Y ayer comenzó el juicio por el asesinato hace un año del político democristiano local Walter Lübcke, acribillado por un ultra cerca de Kassel por distinguirse en su apoyo a los refugiados.

Karamba Diaby conoce bien el escenario. El político negro ha recibido amenazas y mensajes de odio, ha sido víctima de campañas racistas en redes sociales, y su oficina de Halle amaneció el pasado enero con impactos de bala, después de que ya en junio del 2015 alguien lanzara piedras contra sus ventanas.

De hecho, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI), órgano de derechos humanos dependiente del Consejo de Europa –recordatorio: este consejo no es una institución de la UE–, alertó el pasado marzo a Alemania sobre el crecimiento del discurso xenófobo en el debate público en el país.

El informe de la ECRI se detenía en “los altos niveles de islamofobia” y en el “racismo particularmente evidente” de dos organizaciones de “un nuevo partido político”, en alusión a la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). El informe aseguraba también que hay evidencias de “racismo estructural” en el seno de la policía alemana, es decir, de actitudes racistas sistémicas, conscientes o inconscientes, respecto a determinados grupos de ­población.

La semana pasada, la copresidenta del Partido Socialdemócrata (SPD), Saskia Esken, abundó en esa dirección al decir que “hay también un racismo latente en las fuerzas de seguridad alemanas, que debe ser reconocido y combatido a través de medidas de sus propios mandos”, y que habría que crear una instancia independiente para denuncias. Ante el impacto de sus palabras, Esken declaró poco después que “está claro que los policías no quieren que haya racistas en sus filas”.

También en Alemania han muerto personas negras o de origen extranjero en custodia policial. Un caso ocurrido precisamente en ­Dessau es muy conocido. En enero del 2005, el solicitante de asilo Oury Jalloh, de 37 años, originario de Sierra Leona, murió durante un incendio en una celda, atado de pies y manos en el catre. El diario Frankfurter Rundschau recopilaba la semana pasada una docena de muertes de extranjeros –entre ellas la de Jalloh– vinculadas con la policía en los últimos veinte años, y alertaba de que la lista es incompleta.

En el 2019 aumentaron un 10% las denuncias por xenofobia, según la Agencia Federal contra la Discriminación (ADS)

Pero además de la violencia racista de extrema derecha o por acción policial, está la discriminación cotidiana. Según el informe del 2019 de la Agencia Federal contra la Discriminación (ADS), presentado la semana pasada, el número de denuncias de racismo aumentó casi un 10% respecto al año anterior. En números absolutos fueron 1.176 casos. Respecto al 2015, la cifra se ha más que duplicado, y las oenegés creen que son en realidad muchísimos más casos, y que no se denuncian.

“Alemania tiene un problema continuado con la discriminación racial y no brinda suficiente apoyo legal constante a las víctimas”, dijo el responsable interino de la ADS, Bernhard Franke. Por motivos de privacidad e igualdad, las estadísticas no recogen datos étnicos, con lo que se da la paradoja de que la agencia contra la discriminación no puede analizar cómo el racismo afecta a cada grupo en función del color de piel. En Alemania, con 83 millones de habitantes, hay más de un millón de origen africano, según estimaciones. Activistas entre ellos promueven ahora, con apoyo financiero de la ADS, un Afrozensus en el que los afroalemanes se inscriban de modo voluntario, para poder así sumar datos y fuerzas que ayuden a combatir la discriminación