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Cómo entender el tumulto en el Capitolio yanqui

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Por Manuel Salazar

Los Estados Unidos de Norteamérica hace tiempo que dejaron de ser una República. Ese país y su régimen político /económico es un imperialismo, con fachada de República.

Tiene un Congreso que logra unanimidad para tomar parte, o corroborar, en todas las decisiones que tengan que ver con la defensa de los monopolios y sus respectivos intereses geopolíticos.

Nunca postula contrario a ninguna acción política, militar ni económica de su cabecilla, el presidente, cuál sea; cuando de por medio están los   intereses monopolistas de ese país.  No importa lo vandálica y aberrante que sean esas decisiones.

El presidente decide bloqueos, boicots económicos, bombardeos, asesinatos aleves y selectivos, siempre con el apoyo explícito, o el silencio cómplice del Congreso.

Las diferencias, que de cuando en vez aparecen en ese Congreso, refieren casi siempre a asuntos domésticos, a políticas sociales, migratorias, de policía, y otros, que en nada contravienen el carácter imperialista de ese país y su régimen.

Estados Unidos de Norteamérica no es para nada el país de Abraham Lincoln, de cuyas cualidades habló Carlos Marx cuando en noviembre de 1864 escribió una carta felicitando al pueblo norteamericano por la reelección presidencial de aquel.

Es una potencia imperialista en declive. Que ya no puede imponer sus designios en ningún lugar, ni en la ONU siquiera, como lo hacía antes.

Abre un paréntesis. Cabe destacar, que en el pueblo norteamericano queda mucho de los valores de los tiempos de Abraham Lincoln, porque se volcó en millones de votos en defensa de derechos civiles, contra la xenofobia y el racismo, contra Donald Trump. Cierra el paréntesis.

Desde el punto de vista de la economía, EE. UU. tiene un competidor como China, que lo desplaza en este terreno de la hegemonía mundial, y con la cual, y al margen de los mismos, EE. UU., se entiende, bilateralmente otros centros del poder económico y político como la Unión Europea, Japón y la India.

El estilo de vida norteamericano, el llamado «American Life», que fue siempre uno de los instrumentos del dominio yanqui, también decrece.   Las redes sociales contribuyen de más en más para difundir otros valores y estilos de vida.

Uno de los grandes problemas de la actualidad yanqui, es que su clase dominante todavía no tiene una estrategia para enfrentarse con China.

La estrategia yanqui da tumbos en una visión general de la contradicción proteccionismo, que quiso imponer Trump sin ningún éxito, y el globalismo que aplicaron los antecesores de este, y que quisiera recuperar Biden, lo único que en unas condiciones en que «la pava no pone donde ponía», porque China tiene poder económico y con este se entienden otros poderes.

La de China, es la única economía importante en el mundo, que en medio de la pandemia COVID19, tiene perspectivas de crecimiento (1.9%).

No es tan como el “que paga manda». Pero se parece mucho.

Entre economía y régimen político institucional, existe una interrelación dialéctica. Es ABC del Marxismo -leninismo.

El declive de la hegemonía imperialista yanqui se expresa, aunque de manera más lenta, en crisis de las instituciones jurídicas y políticas y en decadencia de los valores que la sustentan.

Traumas electorales en los Estados Unidos de Norteamérica se vieron ya cuando compitieron George Bush Jr. y Al Gore en el año 2000, crisis que tuvo que ser resuelta en un tribunal, según lo que en ese momento convenía a los intereses imperialistas.

Así que lo ocurrido en el Capitolio yanqui el pasado miércoles 6 de enero, es una consecuencia de la decadencia de la hegemonía yanqui, que comenzó hace años.

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