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Corrupción a orillas del Támesis

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Boris Johnson mira al cielo el día en que visita las obras del tren de alta velocidad en West Midlands (POOL / Reuters)

El nepotismo y los abusos de poder se han magnificado con Boris Johnson

Rafael Ramos/Londres

La corrupción en Gran Bretaña es como una serpiente que se agazapa en los mismos callejones oscuros de la City donde Jack el Destripador sorprendía a sus víctimas; que se parapeta detrás de los parques solitarios iluminados por farolas de la época victoriana; que muerde tanto en pubs inmundos que dan a las aguas fétidas del Támesis como en los exclusivos clubes aristocráticos de Saint James; que espera su momento en los solares de los muelles del East End donde antaño descargaban los barcos llenos de especias de Oriente, plátanos del Caribe o esclavos de África. Es como una boa que amenaza con engullir a una de las democracias más antiguas y más presumidas del mundo.

Corrupción siempre ha habido en este país, como en todos, es algo que va de la mano del poder y del dinero. Pero era menos descarada que en otras latitudes. Se “normalizó” en el último mandato de Tony Blair, cuando la cosa se le había ya subido a la cabeza y se creía todopoderoso; explotó con David Cameron en Downing Street, mediante el escándalo de los gastos parlamentarios (se descubrió que los diputados manipulaban el sistema y pasaban a los contribuyentes hasta el coste de las casetas para sus animales domésticos, por no decir de viviendas en las que no vivían), y ahora se ha vuelto el pan nuestro de cada día. Lo mismo que Trump dijo que podía matar a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York y no perdería votos, Boris Johnson cree que con una mayoría absoluta de ochenta escaños tiene licencia para hacer lo que quiera.

Nepotismo a gran escala. Enchufismo. Concesión de contratos multimillonarios relacionados con la lucha contra la pandemia a amigos y aliados políticos. Nombramiento de lores como si fueran churros a cambio de servicios prestados, con especial atención a los donantes del Partido Conservador. Modificación de las leyes de planificación urbana para que se puedan construir bloques de viviendas sin apenas filtros. Puertas giratorias en las que diputados tories , ministros y asesores van y vienen entre el Gobierno y el sector privado, bancos, fondos de inversión y grandes corporaciones cuya misión es eludir el pago de impuestos (Theresa May, que no es ningún hacha a la hora de comunicar, ha ganado un millón de euros en conferencias desde que dejó de ser primera ministra). Y sobre todo, impunidad absoluta, desaparición de cualquier noción de responsabilidad por errores y abusos.

Ejemplos los hay a mares, pero la prensa de derechas los ignora como si fueran pecata minuta en comparación con el objetivo “patriótico” de implementar el Brexit, y las denuncias de los medios de izquierdas caen en saco roto. Casi doscientos millones de euros se han despilfarrado en mascarillas que han tenido que ser tiradas a la basura, después de que el dinero engrosara las cuentas de una empresa sin ninguna experiencia en la materia, con sólo cien euros de capital, propiedad de un asesor del Gobierno y euroescéptico feroz. Lo mismo ha ocurrido con el diseño de una aplicación de teléfono móvil para rastrear a los enfermos de Covid-19, promocionada como “la mejor del mundo” hasta demostrarse su inutilidad. O con la entrega de veinte millones de euros para la compra de ferries en el caso de una salida sin acuerdo de la UE a un grupo que no tiene ningún barco, ni lo ha tenido nunca.

En una cena de donantes del Partido Conservador, el constructor Richard Desmond pidió sentarse al lado del ministro de Negocios Robert Jenrick, a quien para el postre ya había convencido de que se saltara las normas y le tramitara por vía de urgencia los permisos para el desarrollo de un bloque de viviendas. De esa manera evitó pagar a las autoridades municipales cincuenta millones de euros que habrían dedicado a comidas para colegiales, abrir polideportivos o bibliotecas cerrados desde que se implantó la austeridad, asistencia a las familias pobres, mejora de escuelas y transportes, nuevas clínicas o creación de espacios verdes. Tan sólo desde la llegada de Johnson al poder los constructores han regalado trece millones de euros a los tories .

Una consultora llamada Public First, estrechamente vinculada al ministro Michael Gove y al asesor Dominic Cummings, ha obtenido sin oposición y sin concurso un contrato de un millón de euros para el desarrollo de tecnologías digitales que se puedan utilizar en las campañas, en la línea de lo que hicieron los partidarios de la salida de la UE en el referéndum, identificando las tendencias de los votantes.

El ex primer ministro australiano Tony Abbot (contrario al matrimonio gay y para quien “los hombres están mejor preparados para mandar que las mujeres”) ha sido nombrado asesor para asuntos de comercio internacional sólo por pertenecer a las élites globales conservadoras que configuran el mundo a su conveniencia. Pero una de las maneras más “limpias” de devolver favores es nombrar a alguien lord.

De una tacada Boris Johnson ha regalado el título (que no conlleva obligación alguna, ni siquiera la de acudir al Parlamento, pero sí 350 euros diarios en concepto de gastos que no hay que justificar) a 36 personas, incluido su propio hermano Jo, un jugador de cricket (Ian Botham) que no duda en divulgar sus ideas de derechas y su amor al Brexit, y el magnate ruso Evgeny Lebvedev, hijo de un ex directivo del KGB, que apoya al Gobierno a través del periódico gratuito The Evening Standard . Un informe parlamentario ha acusado a Downing Street de hacer la vista gorda a la injerencia del Kremlin en las elecciones y la política británicas. Entre las cámaras legislativas del mundo, sólo la Asamblea Nacional Popular de China tiene más miembros (2987) que los Lores (772, y sumando).

Desde que Johnson accedió al número 10, el Gobierno aprueba más de un noventa por ciento de las solicitudes de obras. Ahora ha decidido dar un paso más y privar a los municipios del poder parcial de decisión que tienen en la materia, reservándose el derecho a emitir más de trescientas mil licencias al año, con el fin de urbanizar los suburbios verdes. Muchos expertos pronostican un proceso de ghetificación como en los banlieues de París. Una serpiente llamada corrupción ha picado a la democracia británica y no se sabe si hay antídoto.