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El Barça y su reversible argumentario

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Por Santiago Segurola

Una característica del Barça es el estrecho vínculo que mantiene entre su juego y los resultados que obtiene. Por tradición, tiende a ganar cuando juega bien, a perder cuando se vulgariza y a golear si pasa de lo bueno a lo sublime. Cuando el Barça no entra por los ojos, ingresa en la melancolía. Su estado es fácil de detectar. No se envuelve en la piel de elefante que tantas veces esconde las debilidades en el fútbol. Es un equipo cristalino.

Menos explicable resulta su radical giro esta temporada, que apuntaba al desastre. No había que ser un lince para observar su regresión. Dejaba huellas por todas partes. Sus calvarios europeos no tenían igual. En la Liga cambiaba el desplome vertical por el desgaste rutinario, alterado por los geniales raptos de Leo Messi.

El equipo que mejor resumió la belleza en el fútbol se volvió pedestre y apagado, feo de ver. En la fealdad, el Barça se mueve muy mal. No está construido para resistir en la trinchera, pisar charcos y arañar victorias por los pelos. Hace tiempo que prefirió lo poético a lo prosaico, y en los últimos tiempos escribía con demasiados borrones.

En esta temporada, el Barça ha concentrado en una píldora sus peores perspectivas —deficiente juego, malos resultados, desánimo— y una imprevista brillantez, más elogiable aún por las tensiones que han pesado sobre el equipo, sometido al descrédito general, una economía de guerra y el penoso proceso institucional que se ha desarrollado en la pandemia.

Alrededor del Barça sólo gravitaba una duda: ¿cuánto tiempo le llevaría arreglar su crisis? Nadie hablaba de un plazo corto de recuperación. Los más optimistas manejaban un plazo medio. A la mayoría le costaba ver alguna luz al final del túnel. Este fue el clima que presidió las elecciones y el discurrir del Barça hasta hace un mes. Aplastado por el París Saint Germain en el Camp Nou, tocó el suelo de la desolación. La goleada fue el resultado natural para un equipo sin juego, sin alma y sin futuro.

Un mes es un instante en el fútbol. No sirve como unidad de medida para proyectar una idea y, muchos menos, un pronóstico sobre el futuro de un equipo. Sí puede actuar, sin embargo, como elemento de comparación. En las últimas semanas, el Barça ha regresado del más allá para ofrecer una versión novedosa, inesperada y prometedora de sus posibilidades. De hecho, ha vuelto a jugar con pasión, criterio y armonía. Y con unos resultados a la altura de su espléndido despliegue futbolístico.

Muy de vez en cuando, se producen estos giros copernicanos. El Bayern comenzó la temporada anterior en medio de una crisis aguda y terminó el año barriendo en todas las competiciones. El caso del Barça era distinto. Venía de un prolongado declive, salpicado por varios sopapos históricos, el tipo de decadencia que obliga a una agotadora travesía por el desierto. Más que al Bayern, el Barça remitía al inocuo Milán de los últimos 10 años.

Apenas un mes ha sido suficiente para asistir a una de las reconversiones más sorprendentes de un equipo, salto con triple tirabuzón que nadie imaginaba, con los mismos actores —Koeman, Messi, jóvenes jugadores sin experiencia, veteranos desgastados y fichajes sospechosos— que se utilizaban para explicar una crisis sin fondo.

Como el fútbol es juguetón y algo perverso, el mismo argumentario que justificaba el desastre del Barça expresa ahora las razones de su resurrección. Si es de corto o largo alcance, ya se verá. Mientras el personal indaga el misterio, el Barça vuelve a jugar bien y a lo grande frente a la Real Sociedad. Según la vieja lógica de este equipo, es casi garantía de victoria