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La presencia de Ludwig Schneider y Hedwig Rosenberg en Abaddón, el exterminador

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Por Jhaner Manuel Méndez*

Uno de los personajes que más despertó mi curiosidad de la apasionante obra “Abaddón, el exterminador”, de Ernesto Sábato, fue el doctor Ludwig Schneider. Dicho personaje perturbaría, abrumaría y causaría escalofríos al mismo autor. Esos párrafos se encuentran desde la página 70 hasta la 83. La edición que leí, es la 4ta, impresa por la Editorial Sudamericana, en agosto de 1975.

Dicho tenebroso personaje afectaría la frecuencia cardiaca de nuestro autor en cada encuentro; Schneider o Dr. Schneider –Sábato específica que así se lo presentaron, aunque jamás nadie alcanzó saber qué clase de doctorado detentaba ni dónde lo había conseguido– había llegado a Buenos Aires, después de la Segunda Guerra Mundial, lo que hacía más peligrosa la situación. No presentó detalles del por qué; sin embargo, aclara que para ese entonces, en la mayoría de los sectores de la capital se alojaban integrantes de la Legión Extranjera, cuyo líder llevaba por nombre Mabel. Dicho sea de paso, uno de los tipos extraños de la Legión, que luego desapareció, según dicen, en las selvas del Matto Grosso, –donde seguramente estaría mejor entre esas alimañas– fue quien se empecinó para que saludara a ese detestable señor.

Las reuniones nocturnas de la Legión estaban compuesta por un conjunto de húngaros, checos, polacos, alemanes y serbios o croatas; lo cierto era que no los distinguía, pues le parecía de costumbres similares, aunque allá se degüellen por sus diferencias –recuerden que el Muro de Berlín seguía aún en pie, por lo tanto, continuaba esa odiosa pugna de europeos contra europeos y estadounidenses contra europeos–; y que además, entre ellos habían quienes ostentaban el título de condes reales y apócrifos, así como actrices y baronesas que se dedicaban al oficio del espionaje, unos de manera voluntaria, otros de manera forzada, como fue el caso de los profesores rumanos y otros colaboracionistas nazis. Naturalmente, como era de esperarse, también llegaron personas bondadosas arrastradas por la vorágine de aquel entonces.

1948, meses después de publicar El Túnel, fue el año en el que por primera vez Sábato se encontró y conversó con el supuesto Dr. Schneider, o mejor dicho, el hombre sólo le preguntó acerca de la ceguera de Allende. Esa pregunta no le mereció mucha importancia, –por supuesto que sí, con esa interrogante resurgió aquello que estaba pendiente: la desgracia del ciego. Obvio que le despreció desde ese momento, pues con sus burlas era consciente de lo que provocó: acaso le recordó la atrocidad cometida por el vil y deleznable Juan Pablo Castel. Le reclamó, que él era responsable del egoísmo patológico que arrastró a aquel hombre a desconocer que otro hombre goza del inalienable derecho de ser feliz. Desde luego, que con esos comentarios revivieron los días en los que el audaz pintor embaucó a María Iribarne y luego, sin ser invitado a la estancia, una noche lluviosa como cuervo silencioso desangró el pecho de quien tantas veces le acogió. Ese hecho monstruoso, amargó la vida del ciego Allende, el esposo, quien luego se suicidó– pero sí le preocupó ver a ese individuo en 1962, precisamente después de publicada la novela Sobre Héroes y Tumbas, merodeando nueva vez por los alrededores de Buenos Aires, 14 años después. Sábato sabía que esos dos encuentros (48 y 62) no eran fortuito, mucho menos, que un hombre con aspecto de sátrapa oriental anduviera interesado por la literatura argentina.

Lo recuerda bien, era un sujeto corpulento de nariz aguileña muy ancha, de hombros arqueados hasta parecer medio jorobado, anchas espaldas, brazos fornidos y manos velludas, pelos muy negros en el dorso, a excepción de la cara, porque se rasuraba, pero que de todos lados le salían pelos negros, gruesos y rizados. Sus cejas eran enormes y casi juntas, sus ojos eran oscuros, grandes y avellanados. Otra señal difícil de olvidar es que cuando se reía, –regularmente, por causas de sus burlas e ironías ridículas– se descubrían unos dientes de color verdoso, seguramente como resultado de su permanente cigarro.

Sábato sentía pavor cada vez que veía a este hombre tenebroso acercarse tanto así, que le cambiaba el paladar del café, pues, esa sensación la tenía desde el mismo instante que estrechó su mano en el Zur Post –según infiero–. En primer lugar, sospechaba que en sus años de fortaleza física había servido en las trincheras, de esos que se batieron en la Primera Guerra Mundial y luego; porque siempre cargaba con esa mirada de lava volcánica inquisidora cuan perro rabioso. Además, no pasaba desapercibido el desbarajuste en el rostro de los miembros de la Legión cada vez que el doctor Ludwig Schneider aparecía. A la vez, advertía la cara de desagrado de la señora Hedwig Rosenberg; o para ser más preciso, de la condesa von Rosenberg, de piel delicada, pelo castaño rojísimo, labios delgados, siempre pintados con color rosa, atractiva nariz recta inclinada, rostro trasnochado, contraídas mejillas rosadas, ojos cansados, que a pesar de llenar con marrón oscuro las cejas arqueadas y separadas reflejaba tristeza en la mirada, aunque a veces provocaba un parpadeo exagerado de sutil seducción; asimismo, con mucha naturalidad, construía cuidadosamente frases persuasivas, combinada con la mirada como para aflojarle las palabras.

Aunque Rosenberg nunca le mencionó ese título, sí se lo explicó Schneider que, al parecer, la traía como una especie de amuleto. Lo cierto era que esa relación le inquietaba, por lo que de inmediato se propuso descifrar el vínculo. Descartó que fuera amorosa. Más bien funcionaba como un instrumento, y precisamente eso era lo que debía averiguar: ¿Para qué la utilizaba?

El primer paso consistió en determinar si era cierto que Rosenberg no era –tal y como se empeñaba en demostrar– de origen judío, pues la notó vacilante cuando alegó escapar de las tropas rusas en vez de las hitlerianas; naturalmente, esa afirmación era efecto de la mirada amenazante de Schneider. Observó la expresión de palidez y fatalismo en su rostro, reflejaba estar bajo la autoridad brutal del doctor; específicamente, en el rol de colaboracionista, –aunque se esforzaba para demostrar lo contrario, la notaba afligida y llena de temor, quizá traumada por la bajeza de la cual era objeto– tal como sometieron a los judíos húngaros durante el régimen de Horthy; y a quienes por estar en condiciones de vulnerabilidad le obligaron a suministrar informaciones, que incluía a personas de su mismo origen, desde 1941. Asimismo, fueron reclutados tras la Operación Margarethe, en marzo de 1944, bajo pena de muerte por la Gestapo de Himmler y la otra agencia criminal controlada por Heydrich, cuyo principal rol consistió en sobresalir por la diabólica tarea de despachar a los judíos en trenes de muerte hacia Auschwitz Segundo, Birkenau. El otro asunto que le roía las entrañas, por simple que parezca, era lo del título de condesa.

Sus dudas sobre el linaje de Rosenberg serían aclaradas con la consulta del Almanaque de Gotha. Recordó que había visto unas cuantas ediciones francesas, de esas que sobrevivieron a la persecución de los soviéticos contra los títulos de las casas reales. Ahí estaba, en la segunda sección, entre los condes y duques que listaron a partir de 1876, porque supuestamente alegaban que por sus venas corría sangre de la aristocracia del Sacro Imperio. Su estirpe figuraba al lado de los nobles que carecían de trono propio: condesa Hedwig-Marie-Henriette-Gabrielle von Rosenberg, nacida en Budapest 1922, la menor entre los descendientes de Conrad ab dem Rosenberg, de familia católica, cuyos orígenes se remontaban al 1322.

En efecto, Schneider no sería tan tonto de mentirle con un dato fácilmente verificable. Tal resultado era de esperarse, pues tuvieron absoluto control sobre esos documentos, si a fin de cuentas, ellos mismos se encargaron de contabilizar las posesiones, tanto de las familias que practicaban las leyes de Moisés como la de los húngaros poderosos de Budapest. Ahora era comprensible la razón por la cual la condesa decidió emigrar en 1944 y no antes. Al parecer fue más favorable escapar de las bayonetas del ejército estalinista, que a los nazis. No obstante, una vez más aclaró que ellos nunca sirvieron a los nazis; sin embargo, permaneció en espera de que Hitler buscara apoyo de ciertas familias representativas.

Pese a que sus conjeturas no fueron comprobadas del todo, no descartaba la hipótesis de que Rosenberg podría estar disimuladamente tratando de conseguir información secreta de las actividades de espionaje que la inteligencia judía llevaba a cabo en Buenos Aires, sobre la ubicación de Eichmann y Mengele. Cosa que sería muy fácil para la condesa, puesto que conocía las costumbres de los judíos, tanto los de Budapest como los que vivían en Nueva York, entre ellos, los Wolff y SpotsWood. Ya que Rosenberg fungía como instrumento del doctor Schneider, de quien sospechaba estar vinculado a una logia, –posiblemente fundada por el geógrafo Karl Haushofer–, o secta de intellegentzia tenebrosa liderada por los jerarcas nazis, de esos que escaparon de los juicios de Núremberg; y quienes, por supuesto, tenían cuentas pendientes con la Humanidad.

 

  • El autor es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Católica Santo Domingo