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Políticos dominicanos y encuestas

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Por Wilson Rodríguez

Durante algo más de 20 años nos hemos ganado la vida haciendo encuestas electorales, lo que nos ha permitido interactuar con la cúpula dirigencial de varios partidos políticos, con candidatos nacionales y locales, empresarios, académicos y consultores políticos internacionales, dedicando tiempo y dinero a las actualizaciones del oficio.

Nuestra experiencia nos ha llevado a separar a los políticos criollos respecto de su posición frente a las encuestas electorales, coincidiendo en parte con la tipificación que han hecho y descrito otros encuestadores latinoamericanos sobre el mismo tema.

En nuestro ecosistema electoral cohabita el espécimen político que reniega de las encuestas electorales, afirmando que no cree en esa técnica.  Es de fácil identificación, pues se pasea en media tours con su eslogan “la verdadera encuesta será el 5 de julio”. Le aseguro al lector que ese es el tipo de político que más se acerca al encuestador en procura de conocer alguna novedad acerca de su posicionamiento.

Menos común, pero visible sobre todo en temporada electoral, nos visita el candidato contagiado con encuestamanía, es un fundamentalista de las encuestas y por lo general no sabe distinguir entre firmas con seriedad y arraigo de aquellas que fomentan fake news en temporadas altas, para éste, las encuestas son palabra de Dios. Hacen uso excesivo de las encuestas y exhiben las ordenadas por ellos y por otros.

El más peligroso de los políticos está ubicado en el tercer renglón de esta escala, es aquel convencido de que las encuestas electorales hacen la realidad. Portador de conjuntivitis electoral, este personaje culpa a las firmas encuestadoras por su imposibilidad de conectar con las aspiraciones del electorado y argumenta toda suerte de complot y componendas en su contra; desprovisto totalmente de pensamiento estratégico, pasa al insulto y la diatriba contra la firma que hace público sus resultados. Este personaje no anda solo, generalmente le acompaña una legión de acólitos, insertados en medios de comunicación y que funcionan como caja de resonancia del oprobioso ofendido.

Nuestra última casilla la ocupa el político moderno, es el de menor presencia, aquel que discute objetivos de la investigación electoral que ordena, el que escudriña y modifica el instrumento de recolección de datos, el que complementa los resultados con otros estudios y no pierde el ánimo cuando el hallazgo no favorece a su proyecto. Utiliza las encuestas electorales como herramientas para trazar sus estrategias, comprende que el resultado de un muestreo contiene el sentimiento, aspiraciones, actitudes e intenciones de la población votante. Este tipo de político escucha la interpretación de los expertos respecto de lo investigado y procura aplicar correctivos. No explosiona cuando otras firmas publican resultados, aun si los datos fuesen diferentes a los que él conoce.

Conviven en nuestra fauna política estos cuatro elementos, con la amarga realidad de que no siempre el más adecuado alcanza el poder. Asistimos a procesos electorales en tiempos modernos, con nuevas y eficaces herramientas tecnológicas, con significativos avances en la comunicación y cada vez con mayor presencia de millennials y generación Z, que chocan con la prevalencia de anticuados políticos incapaces de usar con inteligencia una técnica de investigación. Para muchos de nuestros políticos, las encuestas electorales son tecnología de punta en mano aborigen.

Nuestra democracia es merecedora de mejor suerte. Urge la renovación del inventario político dominicano y que en el menor tiempo, los hombres y mujeres que nos gobernarán, estén familiarizados con la inteligencia artificial, la big data y otras herramientas de este nuevo mundo, pero también sean compromisarios de la ética,  la práctica de la decencia, la moral, fomentando el amor a Dios y a la familia, poniendo el bienestar de los ciudadanos por encima de sus intereses particulares.